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CESAR VALLEJO Y LA PALABRA TRASMUTADA

 

 

Por  ALFREDO SILVA ESTRADA

 

 

Extraído de
Alfredo Silva Estrada

LA PALABRA TRASMUTADA
Selección de textos acerca de la palavra poética (1960-1988).
Caracas: Contraloría General de la República, 1989
(Colección Medio Siglo)  ISBN  980-61-51-19-4    p. 73-83   


 

 

         La transmutación de la palabra poética, lejos de ser un frío y sistemático producto de laboratorio, es la respuesta siempre singular de un ser humano que dota a la palabra de una nueva vibración vital con los desajustes, desniveles, secretos, desequilibrios y equilibrios tantas veces fugaces de la existencia vinculada conflictivamente con la realidad aparencial o con aquello que, desde lo exterior quiere imponérsele convencionalmente como lo real.

 

         Oponiéndose a esa realidad convencional, rutinaria y exterior en su

agresión monótona —en su agresiva monotonía—, el poeta, mediante la

transmutación del lenguaje, accede a otra realidad: la realidad que él habita

y lo habita en el acto de su creación.

 

         El proceso de transmutación de la palabra poética siempre es inseparable de lo misterioso e intransferible de toda subjetividad y nada tiene que ver con los planes programáticos del pensamiento raciocinante, preocupado, por ejemplo, por la necesidad de hacer avanzar el arte —en este caso, la poesía— según una perspectiva historicista.

 

         Cierto fatalismo guía desde cada temple existencial el fenómeno de

la transmutación que se opera en el funcionamiento de la palabra dentro

de la poesía, especialmente de la poesía contemporánea. Todo análisis —

psicológico, lingüístico, sociológico, histórico, biográfico— resultaría a la

postre insuficiente para explicar este fenómeno. En cada obra poética, la

transmutación está ahí, comunicante, como corriente que a sí misma se

renueva e irreductible a los procedimientos de la lógica. Está ahí, inconfundible, como un rostro, como la fisonomía misma del poeta, como su

propia voz que se reconstituye transformada, interiorizada en la nuestra,

en cada lectura (aunque nunca hayamos escuchado esa voz en lo real), toda presente en esa unidad, en esa "doncella plenitud del uno", como diría Vallejo, recognoscible, más allá de toda explicación, hasta en cada arruga,

hasta en cada sombra del poema carnal.

 

         Para decirlo de una vez, ante el interminable acercamiento a un poe-

ta: en él, la transmutación de la palabra es su manera, su recurso único

para combatir el desajuste, o el desnivel contemplativo, o las fracturas,

o las fragmentaciones de su ser frente a la realidad del sentido común y del orden práctico con todos sus engranajes de "para" y la dictadura de la lógica. Mediante el dinamismo de la transmutación poética, el poeta

instaura, fuera del universo del cálculo y de lo real convencional, esa otra

realidad sorpresiva que le devuelve, aunque sea por instantes, su propia

y auténtica existencia: el poema mismo.

 

         Transmutación de la palabra poética: poesía como existencia y como

experiencia. Y, en el extremo, sean cuales fueran las diligencias de la voluntad: imposibilidad de la poesía como mera experimentación. Porque,

en verdad, concretamente, ¿dónde están el espacio, la materia, los datos

tangibles de un poema? Y ¿dónde la palabra se nos enfrenta como material concreto, manipulable, sustancia de laboratorio? ¿No es acaso la conciencia imaginante, la de un lector —la de todos y la de ninguno - el lugar, a la vez definitivo y provisional de todo poema?

 

         Lo que la palabra transmuta ¿no serían, tal vez, las más profundas

crisis, las aspiraciones menos mensurables, los sueños más alertas o más

olvidados, los júbilos, las plenitudes, las emociones menos definibles por

complejas e intensas, los grandes lugares comunes de la existencia que

se reiteran cada vez con la fuerza de una primera vez, todo aquello, en

fin, que constituye el más digno patrimonio del ser humano y que es menos sumiso a un lenguaje común y estadístico?

 

         Si cada gran poeta transmuta la palabra, no es porque se lo proponga

deliberada e intelectivamente obedeciendo a una supuesta evolución del

arte, sino porque es ese acto su más fuerte manera de existir, de sentirse

existente, su único ejercicio respiratorio, su único acceso a esa realidad- ;

otra que lo impulsa desde sí mismo a través de los quiebres y los fracasos

de lo real.

 

         La alquimia y la videncia de Rimbaud arrancaron de la dinámica y

del drama entre el yo individual del poeta y la subjetividad profunda que

él sentía ascender a su poesía. Apetencia de otredad. Desajuste y adaptación, a la vez perentoria y precaria... La desaparición vibratoria de la idea (o del objeto) en Mallarmé... El amparo en las cosas y el punto de vista

desde las cosas, en Ponge... ¿no son acaso tantos otros recursos de existir

en el poema?

 

 

II

 

         César Vallejo existe en el poema (transmuta la palabra existencial-

mente) proyectando el sentimiento, latente o declarado, del absurdo de

la existencia misma: el estar arrojado en el mundo sin justificación alguna:

 

Hasta cuándo este valle de lagrimas, a donde

yo nunca dije que me trajeran.

                   (La Cena miserable, LOS HERALDOS NEGROS)

 

mi mayoría en el dolor sin fin

y nuestro haber nacido así sin causa.

                   (XXXIV - TRILCE)

 

Haber nacido para vivir de nuestra muerte!

                            (POEMAS HUMANOS)

 

En suma, no poseo, para expresar mi vida, sino mi muerte

                   (POEMAS HUMANOS)

 

         Vallejo incorpora a la creación poética, desnuda, explícitamente, con

toda la fuerza de un Quevedo indígena, esta situación de la angustia. Poe-

tas de "la condición mortal", del irremisible fluir del tiempo que "a la

muerte nos lleva despeñados"...

 

         En muchos de los poemas iniciales de César Vallejo, la temprana ob-

sesión de la muerte se traduce tan sólo en una constatación o un obstáculo:

el joven poeta no ha accedido todavía a esa realidad-otra del lenguaje

transmutado. No obstante, Vallejo ya afinca en Los Heraldos Negros —

y a menudo con sobrecogedora energía oradora— las terribles brechas de

su dolor perplejo, del hallarse cortado a tajos del mundo, y no saber, no

poder comprender el por qué de todo esto:

 

         Hay golpes en la vida tan flertes... Yo no sé!

                            (LOS HERALDOS NEGROS)

 

         Y la extrañeza de ser, de ser uno, de estar separado, enajenado (pri-

meras incitaciones de la más decisiva otredad):

 

Todos mis huesos son ajenos;

yo tal vez los robé!

                            (El Pan nuestro, LOS HERALDOS NEGROS)

 

         Y en Los pasos lejanos, la insistencia del distanciamiento, de la se-

paración, aún dentro de la atmósfera familiar y cotidiana:

 

         Mi padre duerme. ....................

         ..............................................

         Si hay algo en él de amargo, seré yo.

         Mi padre se despierta . . .

         .....................................

         si hay algo en él de lejos, seré yo.

 

         Este sentirse aislado, alejado, extrañado, se repetirá obsesivamente

en Vallejo a lo largo de su poesía:

 

         Si echan de menos algo, aquí se queda!

                            (Ágape, LOS HERALDOS NEGROS) |

 

No me vayan a haber dejado solo,

y el único recluso sea yo.

                            (III-TRILCE)j

 

Esta casa me da entero bien, entero

lugar -para este no saber dónde estar.

                            (XXVII - TRILCE)!

 

De todo esto yo soy el único que parte.
.......................................................

Y me alejo de todo...

 

                            (París, octubre 1936, POEMAS HUMANOS)|

 

         "La poesía vive de distancia, mantiene una separación —escribe Jean

Starobinski, refiriéndose al poeta israelita contemporáneo David Rokeah—. No es que se desentienda de la presencia: por el contrario, la presencia es el objeto de la más constante aspiración de la poesía. Pero quien desea la presencia, debe comenzar por asumir la ausencia, que es el lugar natal del deseo".

 

         "...de cada hora mía retoña una distancia", dirá el Vallejo de POEMAS HUMANOS. No se trata de que el poeta se complazca en ser el eterno desterrado ni de que cargue a cuestas su torre de marfil. Son las mismas altas exigencias de su sensibilidad y de su ética creadora las que lo llevan a esta separación y, es más, a esta irreconciliación con la vida práctica y vulgar. Eugenio Móntale ha dicho que el arte constituye la forma de vivir de quienes en realidad no viven. Pero es preciso añadir: no viven de acuerdo con lo que es la vida para quienes la poesía y el arte significan tan sólo un puro juego o un pasatiempo ajeno a las más esenciales necesidades humanas. Sin abundar demasiado en esta reflexión, Móntale sostiene que el poeta no debe renunciar a la vida, que es la vida misma la que se encarga de escapársele.

 

         En Vallejo, la punzante vivencia de la distancia, del distanciamiento,

de la separación, lo hace concebir la propia individualidad, y la unidad mis-

ma, como algo incompleto: una soledad que se confunde con la orfandad.

El poema Absoluta, de LOS HERALDOS NEGROS, es revelador en este

sentido:

 

hay un riego de sierpes

en la doncella plenitud del 1.

¡Una arruga, una sombra!

 

         Y después de la alucinante pugna del poema XXXVI de TRILCE,

la conclusión paradójica, irónicamente resignada:

 

¡Ceded al nuevo impar

potente de orfandad!

 

         Para el poeta que vivirá su "esdrújulo retiro" en el Sermón sobre la

•muerte de los POEMAS HUMANOS, la libertad parece imposible:

 

Haga la cuenta de mi vida

o haga la cuenta de no haber aún nacido

no alcanzaré a librarme.

(XXXIII - TRILCE)

 

....... Yo me busco

en mi propio designio que debió ser obra

mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.

                   (LVII - TRILCE)

 

         Y es el soberano absurdo el único que parecería poder controlar este

dominio:

 

Absurdo, sólo tú eres puro.

Absurdo, este exceso sólo ante ti se

suda de dorado placer.

                   (LXXIII - TRILCE)

 

         Pero, entonces, ante esta ausencia total de libertad, ante el absurdo

como único respiradero, ¿cómo se puede llegar a la transmutación poética,

acto que —así lo pensamos— se identifica con la libertad trascendental

del hombre como ente temporal?

 

         De LOS HERALDOS NEGROS a TRILCE se había efectuado el

gran vuelco que, como bien lo advierte Saúl Yurkievich, ningún dato de

influencias hipotéticas o comprobadas podría explicar en profundidad.

Como en otros grandes poetas —y es ésta quizás una constante de la poesía contemporánea en su carácter de proyección temporal, de su gravitación y gravedad ontológicas— en Vallejo la transmutación de la palabra en el tempus poemático procede de su propio combate con el tiempo existencial, desde las desgarraduras de este tiempo que no son otras sino los boquetes y los fracasos determinados por la nada y por la conciencia objetivante: imposibilidad de coincidencia en la inconsistencia del instante: insalvable distancia entre la conciencia misma y el mundo por ella objetivado.

 

         Como en otros grandes poetas... pero, insistimos, acaso en ningún

otro antes con tanto despoj amiento, con tanta lancinante evidencia:

 

         Desde los tajos, ausencias, deslindes, otredades, desvinculaciones, lejanías, distancias, separaciones, aislamientos, fracturas de su propia exis-

tencia, César Vallejo, sin proponérselo, pero, sin duda, por el apremiante

instinto de existir y quizás salvarse, aunque fugazmente, en el poema ("Y

si después de tantas palabras, / no sobrevive la palabra?", se pregunta con

una admiración escéptica quien rechaza guarecerse dogmáticamente en el vocablo), cumple la misión que Mallarmé exaltara en Edgar-Alian Poe:

dar un sentido más puro a las palabras de la tribu.

 

         Es éste un oficio ajeno a todo intelectualismo elitesco. Tan humanos

y, algunos, hasta tan vernáculos son los poemas de TRILCE como esos

otros poemas de Vallejo (no es aquí el lugar para citarlos) más tensblemente retóricos, más discursivamente anti-poéticos, más prosaicos, en fin, menos provistos de la energía creadora que desprende a la palabra

de su carácter de medio utilitario, de su función de "para" aproximativo,

y la transmuta. La diferencia estriba en que la densidad de la palabra trans-

mutada se cierra a los embates de los análisis y las explicaciones  acionales, impide a las especulaciones de la lógica hincar el diente y deja en ayunas a los reclamos prácticos y sensatos del sentido común. Sucede así con los poemas de TRILCE íntegramente transmutados. Aun aquellos nostálgicos (donde la nostalgia no se conforma con sollozar o suspirar, sino que disloca el tiempo volviéndolo sorpresa poética). Aun aquellos coloquiales, como dichos a media voz (donde casi escuchamos, en cualquier instancia temporal, la memoria modulada):

 

Y sí supiera si ha de volver;

y si supiera qué mañana entrara

a entregarme las ropas lavadas, mi aquella

lavandera del alma. Qué mañana entrara

satisfecha, capulí de obrería, dichosa

de probar que sí sabe, que sí puede

                   ¡COMO NO VA A PODER!

azular y planchar todos los caos!

                            (VI - TRILCE)

 

 

 

III

 

         Un joven poeta preguntaba una vez a Jean Wahí si la poesía debía

ser evasión o, por lo contrario, profund¡2ación. A todas luces, la pregunta

no tenía sentido. "Toda gran poesía —le respondió Wahí— sólo en pariencia es evasión. Es evasión porque, a la vez, es profundización. Y así el poeta se crea a sí mismo, es el poeta de sí mismo, liberándose de sus demonios, excusándose, consagrándose a su obra." ¿No podría decirse lo mismo también de las distancias, de las des vinculaciones, de los desniveles frente a lo real, en la poesía de César Vallejo? Al distanciarse, al desvincularse aparentemente, al experimentar su desnivelación, su desajuste frente a lo real convencional, el poeta profundiza en su yo y en el ser y crea, en su obra, una realidad-otra más vasta y más libre.

 

         Hubiese bastado un solo poema de TRILCE (el XLV, por ejemplo,

uno de los más puros y hermosos logros de la palabra transmutada que

podamos encontrar en nuestra lengua), para que celebráramos hoy, a los

cuarenta años de su muerte, sin reprimir nuestro dolor por su vida tan

brutalmente desgraciada y trunca, la liberación en el poema de quien, des-

vinculándose de la realidad aparente y del imposible inmediato, crea, en

la inmediatez deslumbrante de la transmutación poética, la presencia en

la ausencia, la futurización en los ya felices y poderosos jadeos de un vadoj

y de una nada que se tornan expansión, crecimiento e insólita espera, de donde se incita a cantar a la lluvia, "en la costa aún sin mar!"

 

Me desvinculo del mar

cuando vienen las aguas a mí.

 

Salgamos siempre, Saboreemos

la canción estupenda, la canción dicha

por los labios inferiores del deseo.

Oh prodigiosa doncellez.

Pasa la brisa sin sal.

 

A lo lejos husmeo los tuétanos

oyendo el tanteo profundo, a la caza

de teclas de resaca.

 

Y si así diéramos las narices

en el absurdo,

nos cubriremos con el oro de no tener nada,

y empollaremos el ala aún no nacida

de la noche, hermana

de esta ala huérfana del día

que a fuerza de ser una ya no es ala.


 

 

 

 
 
 
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