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Sobre Antonio Miranda
 
 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POESÍA ESPAÑOLA
Coordinación de AURORA CUEVAS CERVERÓ
Universidad Complutense de Madrid

 

FRANCISCO BRINES

 

Francisco Brines Bañó (Oliva, Valencia, 22 de enero de 1932) es un poeta español, encuadrado en el grupo poético de los años 50. Desde 2001 es Académico de la RAE, ha sido reconocido con distinciones como el Premio Nacional de las Letras Españolas (1999), o el Reina Sofía (2010). Un amplio sector de la crítica cataloga su obra en el capítulo elegíaco de la poesía española del siglo XX, como continuador de Luis Cernuda y Constantino Kavafis.

Incluido por José Batlló en su Antología de la nueva poesía española (1969), aparece ya en ella como una de las voces más personales de la lírica intimista entre los miembros de la segunda generación de la posguerra, cerrando filas con Barral, Caballero Bonald, Gil de Biedma, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Félix Grande, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún y José Ángel Valente, aunque a diferencia de la mayoría de ellos, nunca cultivó la poesía social (de la apenas puede percibirse rastro, sin embargo, en su libro El santo inocente, luego llamado Materia narrativa inexacta).

Fue profesor de español en la Universidad de Oxford. Su profunda admiración por el teatro clásico español le permitiría, en 1988, la revisión y adaptación del texto de El alcalde de Zalamea de Calderón, versión que fue estrenada en noviembre de aquel año por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por José Luis Alonso. En el año 2001 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, para ocupar el sillón X, vacante tras el fallecimiento del dramaturgo Antonio Buero Vallejo. Tomó posesión el 21 de mayo de 2006.

 

TEXTOS EN ESPAÑOL   -   TEXTOS EM PORTUGUÊS



POESIA SEMPRE – Revista Semestral de Poesia.  ANO 4 – NÚMERO 7 – JULHO 1996.  Rio de Janeiro: Fundação Biblioteca Nacional, Ministério da Cultura, Departamento Nacional do Livro, 1996.   Ex. bibl. Antonio Miranda

 

        
         El largo viaje a Oriente

         En aquella mañana de luz azul,
         en barcas jubilosas, las velas desplegadas, partimos al Oriente.
         Y entramos en el bronce del pecho de aquel sol.
         El mar quedó desierto tras nosotros, bajo uma lluvia de oro.
         Así tuvo lugar el único viaje.

         A la tarde volvimos, caídas ya las velas,
         derramadas en las aguas la púrpura extendida
         de aquel día cansado.

         (Ya sólo miro al mar por la aberta ventana,
         y otras velas que parten, matutinas,
         regresan a la tarde, sin color,
         fatigadas.)

         Me han borrado los años con piedad,
         y el cuerpo es sólo un bulto. Aún con vida en los ojos
         vigilo los navios de luz, distantes y amarrados,
         en un puerto celeste.
         Igual que en la niñez los miro ahora.
                                                                 Son eternos,
         y tiemblan sus fanales en lo oscuro. Son el feliz engano
         del mundo que no ha sido.

         Y allí, me lo dijeron y nunca les creí,
         habita Dios.

 

         Antes de entrar en la luz

        He de entrar en la luz que está ciega,
         en donde la ignorancia borrará el conocer.
         No habrá respuesta nunca.
         Afuera há de seguir la luz del sol
         que da goce y tortura a los humanos,
         vivendo en la pregunta que ahora mismo,
         porque em la luz no ciega habito todavia,
         dirijo al mundo amado.

         He de entrar en la luz, esa luz ciega,
         y estoy allí, llenos de amor los ojos,
         mendigando que soy,
         por qué, como si fuese un dios, el sol es mío.

 

         Despedida al pie de un rosal

         Si no hay conocimiento en las cenizas
         dejemoslas caer en la beleza frágil
         de este rosal que tiembla en el otoño.

         ¿Amar, qué significa, si nada significa?
         Huésped del tiempo esquivo, desnudo ya de mí,
         retener el raído esplendor de la existencia
         que umn vez creí mía,
         antes que, apresurado,
         me ciegue en el reverso de esta luz.
         Y aguardar esta espera sin alguna esperanza,
         sentir la fe de nada, pues soplé en las cenizas
         y nada hay fuera de ellas:
         tan sólo amar, sin pensamiento alguno,
         es declinar pausado del Engaño.

         Arde extraña la vida, como si contemplase
         en mi extinción la ajena,
         y no puedo apartar los ojos de su fuego.
         Canta en el aire un pájaro,
         el pájaro invisible de mi infância,
         el que entonces cantaba ya si vida.

         Arde um brisa aún al pie de este rosal
         y no quema mi mano.
         Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva.

 

 

ANTOLOGÍA DE LA POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XX.  Organización de Miguel Díez Rodríguez; Maria Paz Díéz Taboada.  6ª. Edición, 2ª. Reimpresión.  Madrid: Ediciones Istmo, 2017.  334 p.  (Colección Fundamentos, 123)  Diseño de la portada Sergio Ramírez.   ISBN 978-84-7090-2541-2    Ex. bibl. Antonio Miranda

 

   ¿CON QUIÉN HARÉ EL AMOR?

 

A Juan Luis Panero

 

En este vaso de ginebra bebo

los tapiados minutos de la noche,

la aridez de la música, y el ácido

deseo de la carne. Sólo existe,

donde el hielo se ausenta, cristalino

licor y miedo de la soledad.

Esta noche no habrá la mercenaria

compañía, ni gestos de aparente

calor en un tibio deseo. Lejos

está mi casa hoy, llegaré a ella

en la desierta luz de madrugada,

desnudaré mi cuerpo, y en las sombras

he de yacer con el estéril tiempo.

 

Vuelve la hora feliz. Y es que no hay nada

sino la luz que cae en la ciudad

antes de irse la tarde,

el silencio en la casa y, sin pasado

ni tampoco futuro, yo.

Mi carne, que ha vivido en el tiempo

y lo sabe en cenizas, no ha ardido aún

hasta la consunción de la propia ceniza,

y estoy en paz con todo lo que olvido

y agradezco olvidar.

En paz también con todo lo que amé

y que quiero olvidado.

 

Volvió la hora feliz.

Que arribe al menos

al puerto iluminado de la noche.

 

 

 

LOS  VERANOS

 

¡Fueron largos y ardientes los veranos!

Estábamos desnudos junto al mar,

y el mar aún más desnudo. Con los ojos,

y en unos cuerpos ágiles, hacíamos

la más dichosa posesión del mundo.

 

Nos sonaban las voces encendidas de luna,

y era la tierra cálida y violenta,

ingratos con el sueño transcurriamos.

El ritmo tan oscuro de las olas

nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.

Se borraban los astros en el amanecer

y, con la luz que regresaba,

furioso y delicado se iniciaba el amor.

 

Hoy parece un engaño que fuésemos felices

al modo inmerecido de los dioses.

¡Qué extraña y breve fue la juventud!

 

 

 

 

 

TEXTOS EM PORTUGUÊS
Tradução de Antonio Miranda

 

        A longa viagem ao Oriente

         Naquela manhã de luz azul,
         em barcos festivos, as velas defraldadas, partimos ao Oriente.
         E entramos no bronze do peito daquele sol.
         O mar ficou deserto para trás, numa chuva de ouro.
         Assim aconteceu a única viagem.

         De tarde regressamos, velas recolhidas,
         derramada nas águas a púrpura extensa
         daquele dia cansativo.

         (Já não olho apenas pela janela aberta,
         e outras velas que partem, matutinas,
         regressam pela tarde, sem cor,
         fatigadas.)

         Foram-se os anos com piedade,
         e o corpo é apenas um vulto. Ainda com vida nos olhos
         vigio os navios de luz, distantes e amarrados.
         no porto celeste.
         Como na infância vejo-os agora.

                                                          São eternos,
         e tremem seus faróis no escuro. São o feliz engano
         do mundo que não aconteceu.

         E ali, me disseram, mas nunca acreditei,
         vive Deus.

 

 

         Antes de entrar na luz

        Hei de entrar na luz que é cega,
         onde a ignorância apagará o conhecer.
         Não haverá jamais uma resposta.
         Fora há de seguir a luz do sol
         que dá prazer e tortura aos humanos,
         vivendo na pergunta que agora mesmo,
         porque na luz acesa habito ainda,
         vou ao mundo querido.

         Hei de entrar na luz, essa luz cega,
         e estou aqui, os olhos plenos de amor,
         mendigando que estou,
         porque, como se fosse um deus, o sol sé meu.

 

         Despedida junto de uma roseira

        Se existe conhecimento nas cinzas
         deixemos que caiam na beleza frágil
         dessa roseira que estremece no outono.

         Amar, que significa, se nada significa?
         Hóspede do tempo esquivo, despido já de mim,
         reter o gasto esplendor da existência
         que uma vez pensei ser minha,
         ante que, apressado,
         me cegue no reverso desta luz.
         E aguardar nesta espera sem esperança alguma,
         sentir a fé de nada, pois soprei as cinzas
         e nada existe fora delas:
         apenas amar, sem pensamento algum,
         o declinar pausado do Engano.

         Arde estranha a vida, como se contemplasse
         em minha extinção o oposto
         e não posso afastar os olhos de seu fogo.
         Canta no ar um pássaro,
         o pássaro invisível de minha infância,
         o que então cantava já sem vida.

         Arde uma brasa ainda ao pé desta roseira
         e não queima minha mão.
         Quanto odor no ar, e o ar o carrega.

 

 

 

         COM QUEM FAREI O AMOR

 

Neste copo de genebra bebo
os tapados minutos da noite,
a aridez da música, e o ácido
desejo da carne. Só existe,
onde o gelo se ausenta, cristalino
licor e medo da solidão.
Nesta noite não haverá a mercenária
companhia, nem gestos de aparente
calor em um tépido desejo. Longe
esta minha casa hoje, chegarei até lá
na luz deserta da madrugada,
desnudarei meu corpo, e nas sombras
hei de deitar com o tempo estéril.

 

         (Ainda não, 1971)

 

 

OS VERÕES

 

Foram longos e ardentes os verões!
Estávamos despidos junto ao mar,
e o mar ainda mais despido. Com os olhos
e em uns corpos ágeis, fazíamos
a mais ditosa possessão do mundo.
Soavam as vozes acesas da lua,
e era a vida cálida e violenta,
ingratos com o sonho transcorríamos.

 

O ritmo tão escuro das ondas
nos abrasava eternos, e éramos apenas o tempo.
Os astros se apagavam no amanhecer
e, com a luz que regressava fria,
furioso e delicado iniciava o amor.
Hoje parece um engano que fôssemos felizes
de maneira imerecida dos deuses
Que estranha e breve foi a juventude!

 

         (El otoño de las rosas, 1967)

 

 

 

A DESPEDIDA

 

Já está: no final da curva, a velhice,
como uma árvore sem folhas. Paremos
aqui, por um instante, sob o céu
que dá o véu dourado às palmeiras
e passa a mão pelo meu ombro.
Respiremos a luz que escurece
e alarga as distâncias: um engano,
que é a piedade de um deus. Ele favorece
a dura despedida com tua vida.
Tu haverás de regressar, e farás o caminho
outra vez pelo mundo tão amado;
vai comigo amor meu e meu silêncio.
Mas espera ainda pela noite:
quando apareça no alto o primeiro astro
nos diremos adeus, e me vou sozinho.

 

        (El mundo de las rosas, 1967)

 

           

 

O TESTEMUNHO

 

Como no tempo do colégio me falas
do inferno e do céu, meus ouvidos
apenas recolhem, um sussurro, o medo
de tua voz em retirada. Não te importa
a vida, como então, aspirante
da eternidade. Não escuto tuas palavras
de bom devocionário, repetidas
desde negras cenários, testemunham
um deserto porão e um vento árido.
Vem o ar do mar, a primavera
arde sobre as rosas, os pombos
agitam o azul com asas delicadas.
Bebamos deste vinho, e esqueçamos
o ultraje dos anos roubados;
tu eras um casto atleta, e eu era
um iludido: acreditava que a vida
fosse eterna. Agora sei que não é verdade:
perdi a eternidade, e tu a vida.

 

         (Aún no, 1971)

 

 

Página publicada em janeiro de 2018

        

        


 

 

 
 
 
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