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Sobre Antonio Miranda
 
 


 
 

LA INVITACION QUE CAMBIO TODO:

MI PAÍS TAMBIÉN ESTÁ FELIZ

MARIO DELGADO
(diretor de Cuatrotablas)

 

 

Extraído de

DOMINGUEZ, Carlos Espinosa.  Mario Delgado: La sabiduría del eterno discípulo.  Lima, Canta Editores, 2009.

 

Entonces me llama él “[Carlos Giménez] y me dice: “Tu país está feliz”[de Antonio Miranda]  fué el éxito más grande de la historia del teatro venezolano. Once de la mañana, doce de la noche, a la hora que se dé las muchedumbres de jóvenes v adolescentes rompen las puertas del Ateneo para entrar.

 

Después tenía que volverme a Caracas, y como la casona miraflorina que habíamos alquilado para Giménez estaba pagada hasta agosto, me dije: Pues tengo casa hasta agosto y en Míraflores. Ahí en la casona empecé a soñar y a planear Tu país está feliz, Y decidí quedarme a hacer el texto de Miranda solo, con mi esfuerzo y con mi plata, sin mecenas, sin Giménez, sin nada. Ya en ese momento me había enterado que Giménez le había puesto Rajatabla al elenco de Tu país está feliz Le dio ese nombre en agosto, un mes antes de que yo estrenara, en setiembre de 1971, ese mismo texto. Yo le puse Cuatrotablas a mi grupo en enero del año siguiente. Hasta entonces éramos "los de Tu país está Feliz”. Pensé: ¿Qué nombre le voy a poner, si somos siameses? Así salió Cuatrotablas. Alguien me comentó: Ellos rajan las tablas del teatro, tú las cuidas y conservas.

Yo me fui con Giménez porque en él encontré entonces el espíritu grupal que no había hallado en el Instituto Nacional Superior de Arte Dramático, donde había estudiado de 1966 a 1968. En la escuela, por el contrario, había mucho individualismo, mucha competencia. Todos querían ser divos, todos querían tener su compañía, era la moda en el teatro nacional. Después de mi experiencia con Giménez y de la frustración de Arena, aún tenía la nostalgia del teatro de grupo y quise hacer el montaje de Tu país está jeliz con mis compañeros del INSAD. Pero ellos estaban a años luz de mis sueños, de mis ideas; me estimaban mucho, pero no me entendían. Estaba ya a punto de renunciar al proyecto. Llevaba algunos meses trabajando en él, y en julio invito a algunos actores y hago una lectura del texto. Ese día hubo en Lima un temblor fortísimo, y alguien me comentó: Este temblor es un aviso. No te puedes ir, te tienes que quedar. ¿Por qué me dijo eso? Al día siguiente me encuentro con dos actrices jóvenes, o más bien aprendices de actriz, Soledad Mujica, hija de una de las familias oligarcas de este país y también una de las más golpeadas por Velasco Alvarado, y Aurora Mendieta, una chica rebelde e iconoclasta que se había enamorado de mi actor principal.

Les hablé a Soledad y a Aurora del proyecto, de mis dudas. Vamos a hacerlo, me dijeron. No hay actores profesionales para hacerlo. ¿Por qué no buscas entonces actores aficionados? Si mañana ustedes me traen ocho actores aficionados que parezcan profesionales, yo dirijo el espectáculo.

Al día siguiente tenía los ocho actores buscados por Soledad y Aurora. Se fueron a la Asociación de Artistas Aficionados. Allí funcionaba el Instituto Libre de Cultura Artística, que dirigía Octavio Ramírez del Risco, uno de los miembros de Arena, la asociación con la cual inicialmente yo iba a montar Tu país está feliz.Es con esos tutores con quienes hago el espectáculo: Hilda Collantes, Walker Cooper, Manuel Cervantes, Ana Gorriti, Nora Curnisy. Recluíamos también al Chino Chávez, un chico de dieciséis años que era roquero y tocaba guitarra; a Marco Iriarte, músico también; a Tito Falvy, un primo mío que es percusionista. Y con Douglas Tarnawiecki, un músico joven que viene de una familia con una larga tradición en la música; y con Stojan Vladich, un bailarín de danza moderna que estudió en la escuela conmigo y que fue el único amigo que hice allí y hasta hoy lo sigue siendo. Stojan era un bailarín extraordinario v con una gran capacidad como coreógrafo. Después se fue a Costa Rica, donde es hoy muy famoso. El fue el protagonista y además el coreógrafo del montaje.

Con Stoyan y con Tarnawiecki formamos un equipo de dirección muy bueno desde el principio. Nosotros planeábamos el montaje y veníamos a los ensayos con todo armado: música, coreografía, actuación. En Miraflores había una sala llamada el Corral de Comedias, que hoy día es el Teatro Británico. No había butacas, sino sillas vienesas. Era un antiguo restaurante, que después se volvió cine. Ahí se hacía un teatro más o menos comercial y tradicional. Edgar Guillén y Roberto Molí acababan de presentar Ejercicios para cinco dedos, dirigidos por Ernesto Cabrejos, y con la participación de la administradora del Teatro, Gaby Burneo, quien era muy amiga de uno de los mecenas de Arena. Le hablé sobre nuestro espectáculo, le comenté que ya lo teníamos listo, y me dijo: Justamente la compañía que estaba programada no va a entrar, así que tengo dos semanas libres. Con mi amiga Soledad Mujica hemos vendido todas las entradas para la primera semana. Nos hemos ido a donde los amigos, así como a todas las empresas habidas y por haber. O sea, que antes de estrenar teníamos vendidas las entradas para la primera semana.

El éxito fue tal, que el día domingo ya teníamos páginas enteras en los principales diarios. Los críticos más importantes escribieron sobre nosotros, así que a la siguiente semana fue apoteósico. Entonces viene esta señora y me dice: Se canceló el contrato de una compañía. Tienes un mes más. Estuvimos ahí no un mes más, sino dos. Teníamos el éxito que yo jamás soñé. Yo lloraba el día del estreno, encerrado en el camerino, pues no me lo esperaba, no era algo previsto en mi vida. Era muy extraño ver que el público te aplaude todas las noches. Que los espectadores nos esperaran después de la función para comentarnos la obra, era algo que a mí me conmovía mucho.

Ver además a jóvenes fans que venían a ver el montaje dos, tres, cuatro veces. Recuerdo un chico que me dijo: Ya vo por veinticinco veces. El último día los chicos del club de fans se habían subido al segundo piso, y de repente tiraron globos, serpentinas, picapica. Esa noche se armó una fiesta. Bajamos a la platea a cantar con el público. Fue tal el éxito, que la Asociación de Artistas Aficionados nos dio un mes en su local en el centro de Lima. Teatro repleto también. De ahí nos fuimos a la Alianza Francesa de Lima, quince días más. Asi fué  Tu país está feliz. Pioneros llamo yo a aquellos actores. No los llamó generación porque yo no los enseñé. Hicimos algunos ejercicios para la obra, pero no como una experiencia pedagógica, sino artística. Por eso los llamo los pioneros de Cuatrotablas.

 

 



 
 
 
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